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    EL LUJO DE LANSING

    August Derleth

    El señor Cornelius Lansing era un hombre de gran fortuna, la que adquirió por métodos singularmente directos, aunque a veces muy poco escrupulosos. Estaba desprovisto de imaginación, e indudablemente era ésa la causa de su falta de conciencia. De apariencia notablemente benigna, cabellos blancos y suaves, ojos relucientes y aire algo tonto, era sin embargo un individuo que sabía muy bien lo que hacía… Es decir, lo supo siempre, menos en una oportunidad.

    En vista del accidente que le ocurrió, resulta irónico que se alabara de su falta de imaginación, pues no hay duda alguna que esta carencia fue la causa del accidente…, si es que así podemos llamarlo. Lansing vivía una existencia feliz, libre de cuidados, hasta que se le metió en la cabeza ganar un poco más de dinero. Nadie podría explicar qué impulso quijotesco le llevó a intentarlo. Ya tenía más dinero del que podía usar. Tal vez fuera la falta de ocupación la que le impulsó a obrar como obró.

    Por medio de sus relaciones, Lansing se enteró de que se extenderían los rieles de un nuevo ramal del ferrocarril desde Cheltham (al sur de Londres) hasta Aldershot, para empalmar allí con la línea principal, efectuando así un atajo vital para las industrias que tenían instaladas sus fábricas en el camino. De inmediato, Cornelius Lansing se ocupó en comprar toda la tierra disponible en la zona por donde pasarían los rieles. No había razón para que los pequeños propietarios consiguieran una ganancia que pertenecía por derecho a un hombre ducho en esos asuntos.

    Por desgracia para los planes de Lansing, había un terreno que no pudo adquirir. Su agente regresó a la casa afirmando que el viejo propietario no la quería vender a ningún precio.

    -Es un viejo sentimental - manifestó -. Dice que la propiedad le pertenece para toda la eternidad, o algo por el estilo. Por la forma como habla parece que el dinero no significa nada para él.
    La fiebre de la batalla despertó en el pecho de Cornelius Lansing. Se fortaleció con un whisky y una mirada a la página de finanzas del Times, y dijo que él mismo iría a ver al viejo tonto.
    -¿Cómo se llama?
    -Tiene un nombre raro. Se llama Elwyn Zamda, y vive solo.

    Lansing fue a 1a casa de Zamda el día siguiente, y comprobó que se elevaba en el medio mismo del terreno que se necesitaba para el ferrocarril. Debido a que la noticia del nuevo ramal se publicaría dentro de poco tiempo, comprendió que no debía perder ni un momento más. Cruzó el sendero que separaba la cerca de la puerta de entrada y golpeó con su bastón.
    Después de esperar largo tiempo, le abrió el mismo Zamda, contra quien sintió Lansing una inmediata antipatía. El hombre se quedó en pie en el umbral, mientras que sus ojos miopes miraban hacía afuera como si no estuvieran acostumbrados a la luz del sol. No invitó a Lansing a pasar.

    -¿Es usted el señor Zamda? -inquirió Lansing.
    Zamda asintió.
    -Vengo a ofrecerle mil libras por su propiedad. La oferta es generosa y le conviene aceptarla.
    -Debe usted estar mal informado -repuso Zamda con voz cascada-. Mi propiedad no está en venta.
    -La gente como usted me fastidia -manifestó Lansing, con esa brusquedad que era una de sus principales características-. Pero antes de permitir que tal cosa influya en mí, le advierto que puedo hacer condenar este terreno por medio de amigos que están en el gobierno, forzándole así a venderlo. Me imagino que usted será razonable, señor Zamda, Mi dinero es bueno en todo el mundo.
    -Pero no aquí -replicó Zamda en tono casual-. Buenos días, señor Lansing.

    Cerróse la puerta. Cornelius Lansing se sintió furioso; le había insultado y debía vengarse…, eso sin mencionar la ganancia a que tenía derecho al comprar esa tierra.

    Ya había recorrido la mitad de la distancia que le separaba de Londres antes de comprender que no dijo a Zamda su nombre. ¿Cómo lo supo el viejo? Dejó de lado la pregunta, diciéndose que Zamda era un tipo raro.
    Un hombre imaginativo le habría dicho que el viejo era algo más que eso. Pero, claro está, Cornelius Lansing sabía muy bien lo que hacía.
    No le costó mucho tiempo conseguir el control de la propiedad de Zamda.
    Había formas de conseguirlo, métodos que Zamda ignoraba por completo…, o al menos así lo creyó Lansing.
    El día en que se decretó la venta del terreno, Cornelius Lansing regresó de su club y se encontró con que Elwyn Zamda lo estaba esperando. ¡Ah!, ha venido a rogar, pensó Lansing muy complacido. Entró en la sala y tomó asiento en un sillón.

    -Bien, señor Zamda, ¿en qué puedo servirle?

    Zamda no pareció sentirse turbado en lo más mínimo. Terminó de examinar calmosamente la habitación antes de mirar a los ojos de Lansing, estudiando luego a éste con un cierto desapego que habría alarmado a un hombre más imaginativo. Su mirada sólo sirvió para fastidiar a Lansing.
    -Mi propiedad - dijo serenamente el viejo.
    -Su ex propiedad - replicó Lansing -. Creo que mis abogados la compraron esta tarde.
    -No toda ella. Sólo le prestaré un trozo pequeño por poco tiempo…, por el tiempo que la necesite usted -contestó Zamda.
    Lansing le miró extrañado.
    -Mi servidor, señor Lansing -dijo Zamda, señalando hacia la silla que estaba a su lado.
    Lansing vio que la silla estaba desocupada.
    -Si usa usted un poco de imaginación, podría verlo, señor Lansing -insistió Zamda.
    -Para un hombre como yo, la imaginación es un lujo -manifestó el hombre de negocios, poniéndose en pie al ver que Zamda ya lo había hecho-. Se lo advertí con tiempo, señor Zamda. Ya ve usted que no conviene contrariarme.
    Zamda le miró fijamente.
    -Creo…, me parece que yo también le dije algo, señor Lansing, pero es posible que lo haya olvidado. Ese terreno me pertenece por toda la eternidad. Se lo indiqué muy claramente a su agente, y es un grave error seguirme molestando con este asunto. Empero… Dentro de dos semanas o menos terminará esto y el asunto de mi propiedad estará arreglado sin mayores inconvenientes para mí. Soy hombre que gusta de la tranquilidad.

    Se detuvo en el umbral de la sala.
    -Le diré de paso -agregó-, que mi sirviente se me parece mucho. Se lo advierto por si lo llega usted a ver. Poca gente lo ve. Es un poco inquieto, pero claro, en este caso…
    Dejó escapar una risa desagradable y se fué rápidamente.
    Cornelius Lansing se mostró muy indignado ante lo que consideró una amenaza. Llamó a su secretaria y le dió orden que pidiera un buen agente de informes para que averiguara todo lo posible respecto a Elwyn Zamda.

    El informe del agente no fue nada tranquilizador; pero, por supuesto, para un hombre como Lansing, con su falta de imaginación, no significó nada. En primer lugar, Zamda parecía ser eterno; nadie sabía su edad, excepto que siempre estuvo en su casa, siempre pareció el mismo, y las ancianas que se hacían la señal de la cruz al oír pronunciar su nombre, estaban convencidas de que había salido de las cavernas que se hallaban bajo los cimientos de una vieja y arruinada abadía de los alrededores.

    Se ignoraban sus medios de vida; sin embargo parecía existir. En segundo lugar, tenía muy mala reputación. Se sospechaba de que practicaba la brujería en secreto. Es más, existía la creencia de que Zamda podía abandonar su cuerpo a voluntad e ir a todas partes sin que le vieran. Una mujer que en otro tiempo iba a efectuar la limpieza de la casa afirmaba que las habitaciones estaban llenas de extraños libros escritos en latín, y el vicario, que los había visto, sacudía la cabeza, declarando que eran textos malditos y debían ser destruidos.

    Para Lansing, todo esto no tenía significado alguno. Se mostró muy impaciente ante la falta de informes concretos, y desechó todo lo que se decía.

    No le resultó tan fácil desechar el recuerdo de Elwyn Zamda, pues esa misma noche hubiera jurado que vio su rostro sonriente reflejado en el espejo del club. La impresión fué muy breve sin embargo, y Lansing la atribuyó a la comida. Cinco minutos más tarde se libró a duras penas de caer frente a un camión que pasaba por la calle a toda velocidad.

    Sintióse muy inquieto y con mucha razón; ¡alguien le acababa de empujar, no cabía la menor duda!

    Dio parte a la policía metropolitana y pidió que le enviaran un hombre para que le hiciera compañía por un día o dos, ya que la tentativa podría repetirse. Lansing sabía muy bien que muchas personas le querían mal; así era el mundo; todo se debía a la envidia de los fracasados. No era más que eso. No obstante, resultaba extraño que no se viera a nadie cerca de él cuando le ocurrió el accidente.

    -Sentí un golpe entre los hombros -comunicó-. Estoy bien seguro.

    La policía le envió un agente de investigaciones para que le tomara declaración y pasase veinticuatro horas en su compañía. Esa misma noche, cuando se levantó para beber un poco de agua, el hombre de negocios tropezó en la escalera y cayó, logrando evitar la muerte al tomarse del pasamanos. Aparte de unos cuantos magullones y de la sorpresa que sufrió, estaba ileso. Pero le dominó una ira terrible, a pesar de que el guardián se presentó a su lado casi antes de que lograra ponerse de pie.

    -Me hicieron una zancadilla -exclamó-. ¡Es su deber evitar esas cosas!
    ¿Dónde estaba? ¡Durmiendo, me figuro!
    -Claro -repuso el agente-. Pero salí al hall antes de que nadie pudiera escapar.
    -¿Quiere usted insinuar que estoy mintiendo?
    -No, señor. ¡Debe ser su imaginación!
    Lansing rió sin alegría.
    -¡Vuelva a la jefatura y diga a sus superiores que es usted un tonto!
    -Muy bien, señor.

    Cornelius Lansing no era hombre con quien se pudiera jugar. No dejó piedra sin remover. Envió a alguien para que vigilara la casa de Zamda; mas esto no le valió de nada, pues casi inmediatamente le informaron que el anciano estaba al parecer muy enfermo y guardaba cama, siendo atendido por una mujer del vecindario. Esto ocurría “desde ayer”.

    Lansing no notó la coincidencia de que la enfermedad de Zamda se declarara el mismo día en que comenzaron las tentativas para quitarle la vida. Ni siquiera recordó la superstición de que el anciano tenía la habilidad de proyectar su cuerpo astral. Sentíase molesto, y estaba seguro de que alguien pagaría bien caro por las tentativas de asesinarlo.

    A mediodía le ocurrió el tercer “accidente”. Tenía que tomar un tren en la estación Waterloo, y se salvó de ser atropellado por el tren debido a que un mozo de cordel lo vio en el momento en que caía hacia los rieles.

    -¡Me empujaron! -exclamó.
    -No había nadie cerca de usted. Sólo estaba yo -replicó el mozo.

    Se mordió los labios y fue a ver a su médico para que le curara un magullón. Al doctor le contó lo que le pasaba, confiándole también que nadie creía en sus sospechas.
    -Nadie trataría de matarle a usted en la estación Waterloo, Lansing -dijo el galeno.
    Lansing le miró fijamente.
    -No le pido su opinión. ¡Le digo que fué así, Medford!
    Medford le miró con los párpados entornados.
    -Me parece que ha estado usted abajando demasiado, Lansing.
    -¡Bah! No trabajo lo suficiente.
    -De todos modos necesita usted un descanso. Su imaginación le hace ver cosas que no existen.

    Lansing golpeó con el puño sobre el escritorio y, con muy poca delicadeza y gran vehemencia, dijo a Medford lo que pensaba de la gente que no creía en sus palabras.
    -Imaginación -insistió calmosamente Medford.
    Lansing se fue furioso.

    Durante el resto del día estuvo en paz. Durante la cena sintió deseos de releer el informe de Zamda una vez más. Lo sacó de su escritorio y se puso a leerlo. No pudo comprender cómo podía vivir un hombre en un terrenito tan pequeño que no alcanzaria ni siquiera a sostener a un animal. Pero, claro está, Zamda era poco más que un animal. Su desprecio por Elwyn Zamda sobrepasó a cualquier otra emoción que pudo haber sentido.

    Los accidentes le hablan perseguido durante dos días antes de que decidiera ir a ver lo que fuera la propiedad de Zamda. Los ingenieros del ferrocarril habían practicado algunas excavaciones, intentando romper una capa de piedra por sobre la cual debía pasar la línea, y Lansing deseaba ver con sus propios ojos la razón de que no fuera posible cruzar el terreno de Zamda, como le informara por teléfono el ingeniero en jefe de las obras.

    Hasta el momento habían tocado solamente una esquina de la propiedad.

    Inquirió respecto a Zamda.

    -Me han dicho que está enfermo -replicó el jefe en tono casual-. Es una lástima que tenga que soportar tanto ruido.

    Lansing frunció los labios y marchó a lo largo del declive de rocas que los ingenieros habían estado examinando.

    -No le aconsejo que se aleje mucho de allí, señor Lansing -le advirtió el jefe de ingenieros-. Cualquier cosita podría hacer derrumbar esa pila de rocas que está allá arriba, y hay entre ellas algunas muy grandes.
    Lansing pareció algo inquieto, mientras miraba hacia arriba.
    -¿Por qué cree usted que necesitamos cruzar esta propiedad? -inquirió. -Le diré; hemos hallado algunas cavernas muy curiosas bajo tierra; lo mismo es que demos la vuelta en lugar de correr el riesgo de colocar encima los rieles, pues se sabe que por este ramal pasará mucho tráfico.
    Lansing dejó escapar un gruñido.
    -El que no corre riesgo no llega a ninguna parte -comentó.

    El ingeniero le miró un momento y luego volvió al estudio de sus planos.

    Lansing caminó por el declive y dobló una curva, quedando fuera de la vista de los obreros. Se encontró solo, con la empinada cuesta de rocas a un costado, y otro declive muy pronunciado y peligroso al otro. La casita de Elwyn Zamda se hallaba a poca distancia. Se paró al borde de lo que fuera la propiedad de Zamda y rió entre dientes.

    Mientras reflexionaba satisfecho sobre sus métodos y su victoria sobre el obstinado viejo, atrajo su atención el sonido de piedras que rodaban. Levantó la vista. En la cuesta, algo más arriba del sitio que ocupaba, vio una serie de pequeñas depresiones producidas como si alguien estuviera caminando por allí. ¡Era increíble! Esta vez el señor Lansing no podía achacar el fenómeno a una indigestión. Debía tratarse de una ilusión óptica, sin duda alguna. Nada que no tuviera peso ni cuerpo podría desplazar a las piedras de su sitio. Y sin embargo cada vez aumentaba el número de piedras que rodaban, mientras que las huellas de pies seguían ascendiendo sin cesar en dirección a las grandes rocas que se hallaban cerca de la cima del declive. Se quedó mirando el fenómeno boquiabierto, fascinado por lo que estaba ocurriendo frente a sus propios ojos.

    Se hallaba aún parado allí inmóvil cuando las rocas comenzaron a rodar.

    En ese momento pensó de nuevo en Zamda, y le pareció verlo en la parte superior del declive, mirándole con expresión de suave reproche. Luego se volvió para echar a correr.

    Por desgracia, el éxito de Cornelius Lansing en la vida había dejado su impresión más grande en su cintura, y no le fue posible correr lo suficientemente rápido. Las rocas cayeron sobre él y le aplastaron por completo.

    No acababan todavía de retirar su cadáver de entre las piedras cuando Elwyn Zamda, después de haber pasado tres días enteros echado en su lecho, apareció en su jardín y comenzó tranquilamente a regar sus plantas.

    El lujo de Lansing. August Derleth. Trad. Julio Vacarezza Cuentos del Más Allá. Colección Centauro, 56 Acme Agency, 1951

    Publicación May 15, 2022
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