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El pacto

Autor: Francesc Pedragosa

El escritor se revolvió en su asiento, estaba inquieto y esa inquietud no le dejaba concentrarse debidamente en lo que escribía, se pasó las manos por el rostro e hizo una bola con el papel donde antes había escrito unas líneas y lo lanzó a la papelera ya rebosante, alargó la mano y bebió un nuevo trago del vaso largo que tenía sobre la mesa supletorio. Luego desvió sus ojos hacia un punto neutro mas allá de la estancia. La cuestión radicaba en que, “Creyéndose imbuido de toda la razón, se estaba creando una especie de burbuja de realidad virtual que lo alejaba cada vez mas del mundo real” ya no distinguía el sueño onírico de la vigilia, empezaba a creerse predestinado para ser el nuevo “Mesías” que con la palabra como arma… cambiaría al “sino” del humano y lo catapultaría hacía un nuevo mundo celeste, quisiera éste o no lo quisiera.

Si entre medio debía saltarse unas cuantas reglas e insultar a los impíos retrógrados y desagradecidos mortales… pues lo haría. Si tenía que armar una revolución para mostrar el camino, pues también, si tenía que aguantarse la risa y matar el humor… lo haría sin vacilar. Sin embargo la cosa tenía un inconveniente, el ritmo que llevaba acabaría por enloquecerlo y lo sabía, tanta dispersión a la larga sólo engendra bobadas y el erigirse en dios y parte a la vez, el hecho de querer “estar” presente en muchos sitios al mismo tiempo, el tocar varias teclas al unísono… en resumen, este don de la ubicuidad del que era un orgulloso poseedor, lo llevaría a hacerle perder la perspectiva general y acabaría andando por las ramas como un “simio” ¡¡¡dios no!!! ¡Él, un aspirante a inmortal jamás llegaría a eso! En consecuencia y con el beneplácito de sus “apóstoles” se dedico a escribir “LA OBRA” el libro que probaría ante los ojos de todos los vulgares mortales sus auténticas dotes de dios de las letras y único referente a partir de entonces, por encima de Platón, Aristóteles, Kant y menudencias similares. Alcanzaría la luz y reinaría sobre los mortales, aboliría los gobiernos e instauraría la dictadura de la sabiduría celeste, su reino no tendría parangón en los siglos y duraría mil años. Pero antes… debería resolver una “pequeña” cuestión.

Si pudiera serenarme, pensó… ¿A quién quiero engañar? Pase que trate de justificarme delante de los demás, pero a mí mismo ya no puedo engañarme más Ni siquiera los halagos desmesurados y las alabanzas coreadas por sus acólitos que lo ponían a la altura de un elegido, podían ya esconder la auténtica verdad.

Llevaba mucho tiempo tratando de plasmar ideas en el papel, pero sólo era capaz de dar rodeos y andar en círculos. Parto de un “lugar” pensando que llevo una buena línea y que esta vez será una línea larga y fructífera y al final vuelvo al mismo sitio donde estaba al partir unos días antes. ¡Tengo que aceptarlo, estoy bloqueado y tanto o más seco que un pergamino de la V Dinastía!

Y eso no es lo peor, lo peor es que mis “apóstoles” esperan resultados, me avanzaron una fuerte suma de dinero que gasté, y mis lectores esperan otro éxito como el de “Kronificados” y no sé como dárselo, ¿cómo les digo que aquello fue una pura concomitancia? Lo he probado todo, incluso copiar ideas ajenas pero ya no es cuestión de ideas sino de ritmo narrativo, lo he perdido, me voy por las ramas, no soy capaz de concretar y las frases cada vez se acortan más, miro el papel en blanco como a un enemigo al que hay que derrotar y así me va, cada vez salgo perdiendo. Así no lograré la cumbre de las letras. Por consiguiente decidió buscar un pacto con el… ¡Diablo!

Aquella noche repasó el libro Esotérico sobre pactos con el Maligno, se titulaba: “El Recontramicom”, buscó el capítulo dedicado a pactar con Belcebú, fue pasando páginas donde ponía los diferentes tipos de pacto que se podían realizar… Cómo hacer feliz a tu jefe, cómo satisfacer a tu mujer, cómo engañar a tu mujer, cómo deshacerte de tu mujer, cómo tu mujer se puede deshacer de ti, cómo ganar en bolsa, como escribir la Historia más grande jamás contada… cómo as… ¡alto! Aquí estaba lo que buscaba. En el epígrafe 6º párrafo 3º barra 4ª del capitulo IV aquí lo tenía bien claro… todo saldría perfecto, lo leyó para hacerse una somera idea y apuntó lo que necesitaría para llevarlo a la práctica. A la mañana siguiente se dedicó a comprar los utensilios necesarios para tal efecto a saber: Caca de vaca, ojos de lagarto, cola de ratón y bigotes de morsa, además de aliento de aligato… que le costó un montón encontrar y verrugas de sapo. Esperó la llegada de la medianoche con impaciencia mientras aprovechó para “dibujar” el círculo con el pentagrama en el medio. Una vez concluida esta parte se dispuso a hervir todos los mejunjes como una especie de “sopa” en un caldero de hierro negro como mandaba la tradición, luego lo colocó en una vasija al lado del círculo.

Cuando el reloj de pared marcó la medianoche en la casa del escritor un silencio sobrenatural se hizo cargo del lugar, parecía que el tiempo se hubiera parado o andara tan despacio que se podía hasta tocar con la mano, el aire se cargó de una fuerza invisible pero casi perceptible con el ojo psíquico, la cuestión es que le entró un poco de aprensión pero se acordó de la Obra mas grande… bla. bla. y se puso manos a la obra sin dilaciones, encendió unas velas rodeando el círculo como mandan las tradiciones y acto seguido se introdujo en el círculo y recitó las letras de la invocación:
¡ORUM PACTORUM MEI, OBELICUS PANGENUIS HIPOTALAMUS… bla. bla. bla. bla…!

Al pronto se oyó una especie de “implosión” en la estancia como si algo hubiese succionado el aire hacia dentro, cayeron libros, estanterías y sillas aunque las velas no se movieron un milímetro, de pronto se dio cuanta que al fondo, junto a las cortinas allí donde las sombras eran más espesas… había una figura negra que lo contemplaba pues podía ver unos ojos rojos como tizones, estaba de pie frente a él en completo silencio. Después de un tiempo que al escritor le pareció eterno la figura abandonó su posición estática y adoptó una actitud como la del “pensador”. Le pasó por la cabeza que estaría rumiando que hacer con él, eso le puso aún mas nervioso y decidió hablar.

El Desenlace

¡Canastos! es usted señor demonio? preguntó con un hilo de voz el escritor.

El silencio fue la única respuesta a su pregunta, notó que el sudor empezaba a correr por su frente y sintió húmedas sus axilas y las manos, se las refregó en un acto reflejo y se aclaró la garganta. Ejem… Señor diablo, ¿no me oye usted? ¿lo hice todo bien? espero que sí pues a veces soy muy olvidadizo.

Esta vez el silencio era absoluto, lentamente se fue elevando un lejano ronroneo que fue aumentando paulatinamente hasta hacerse insoportable, toda la estancia quedó dominada por aquel sonido HUMMMMMMMM… El escritor pensó que algo no estaba al gusto de su excelencia y no habría pacto, en su lugar le pediría el alma como pago por haberlo molestado… joder ya se veía sin su gran Obra. En aquel momento cesó el penetrante sonido y el silencio casi fue peor, pues era ominoso y desagradable, de pronto una voz lo quebró:
¡Hola pequeño!… Era una voz de mujer sensual y distendida pero fuerte y dominante a la vez.

Ejemmm. Hola. ¿quién es?
¿Quién crees que soy?

Esto pues, pues debe haber una confusión, yo pedí ver al mismísimo diablo pero veo que algo no anda bien.

Todo esta en orden “capullo”, ¡YO soy el diablo! lo que pasa es que vuestra cultura judeo-cristiana siempre me pintó como un tipo desagradable con cola y cuernos pero en verdad que no soy así… soy, soy digamos “diferente”, ya lo verás pobre mortal. Dicho esto dio unos gráciles pasos hacía el escritor y salió de las sombras, y la pudo contemplar por primera vez… no es que hubiera mucho que ver, pero lo poco valía la pena. Un rostro blanquísimo de grandes ojos negros como la noche sin luna, aunque en según que posición parecían rojos, unas cejas pobladas pero elegantes, una nariz recta y aceptable, unos labios carnosos y rojos como manzanas de esta variedad, a saber… unos pómulos glotones y un cuello largo y sedoso, enmarcado en una lacia y negrísima mata de pelo salvaje… eso era todo… ¿todo? bueno el resto estaba tapado por una especie de túnica negra que le llegaba a los tobillos dejando, eso sí, a la vista unos pies riquísimos y muy aceptables.

Ejem, verá, yo esperaba otra cosa ¿sabe usted? dijo el escritor muy modosito.

El diablo como respuesta abrió la túnica de manera “provocadora” y lo que vio el escritor le hizo sudar aún mas… Aquel diablo se gastaba un cuerpo bárbaro, ¡Por todos los avatares divinos!
Bien escritorzuelo, vayamos al grano… dime qué deseas. le dijo tapándose otra vez.

Bien pues yo… ejem, verá lo llamé para hacer un trato con usted, ya sabe mi alma por la Obra mas Grande jamás escrita por mortal alguno. Humm, veo que te gusta la celebridad, pero dime, qué es eso de la raza traspasando la frontera de los sentidos y bla. bla. bla…

Bah, sólo cortinas de humo para que el circo no decaiga, son juegos malabares… Lo que ahora persigo es algo importante… Mi propia inmortalidad a través del reconocimiento, quiero ser la luz que guíe a los pobres mortales hacía el Vahalla y…

Sí bueno, corta el rollo que ya nos conocemos. Venga pues, que sea tu deseo pero no quiero nada de ti, mañana encontrarás la Obra sobre tu mesa, no te garantizo la inmortalidad exactamente, eso sólo es posible para los seres elegidos y los desencarnados, cuando llegue tu turno… hablaremos.

Pero yo… yo…
Silencio, ¿no te fías de mí?
Sí, sí, pero…
Entonces cállate, ahora adiós, mortal.

El diablo desapareció entre un remolino de humo negro, la estancia volvió a quedar tal como antes de la aparición. Un silencio natural fue perceptible en el tic tac del reloj de pared, el tráfico como ruido de fondo…

Al día siguiente el escritor encontró la Obra tal como le había prometido el maligno, en el acto la presentó a su editor después de echarle un somero vistazo. Parecía que la cosa era consistente, ya se veía en la cumbre, por encima de Cervantes o Shakespeare. No veía el momento de que saliera de las imprentas para conquistar el mundo, primero el Cervantes después el Nobel y por último la inmortalidad de sus postulados, cualquiera que éstos fueran.

Habían pasado los años, el escritor se encontraba recostado en la silla del jardín, su mente ya no se acordaba de lo que había comido el día anterior… pero aún mantenía muy presente los recuerdos del pasado y especialmente… de “El pacto”. Las cosas no habían salido exactamente como él las tenía previstas… El libro tuvo una buena acogida y logró una tirada magnífica, hasta se situó en el ranking del Corte Belga como uno de los más vendidos, pero no paso de ahí, sus sueños de inmortalidad no se vieron lo que se dice cumplidos y no fue por culpa suya ni siquiera del diablo, la crítica (un puñado de envidiosos) crucificaron el libro por pretencioso visionario e insustancial, la gente resultó ser más analfabeta de lo que creyó en un principio, no lo habían entendido, eso era todo. Dirigió sus ojos al limonero que tenía enfrente y por un momento vio los frutos a punto de florecer, estaban en primavera, el escritor suspiró y en medio del suspiro se quedó quieto. Frente a él, como una onda de calor estaba materializándose una figura… Después de tantos años. ¡Era el diablo!, otra vez lo tenía enfrente y esta vez sin haberlo invocado.

¡Hola viejo chivo! ¿cómo sigues? Le preguntó la silueta que ya estaba materializada del todo.

No le resultó difícil reconocer aquel rostro de marfil, aquel pelo negrísimo y los ojos entre negros y rojos. Por aquel semblante no parecían haber pasado los años, parecía que lo hubiera dejado ayer mismo cuando en realidad pasaron cuarenta años nada menos. El escritor volvió a sentir el mismo cosquilleo que antaño, pero se sobrepuso y comentó:
Qué tal, siempre me quedó la duda de si eres un hombre o una mujer, ¿que me puedes decir a esto?

Ni una cosa ni la otra, pero me gusta presentarme de mi lado femenino, ¿no te fue mal verdad?

No me puedo quejar no, pero sabes… esperaba algo más… más… más… digamos definitivo. El diablo se le acercó y pudo ver aquel rostro a la luz del día, aun así una especie de neblina lo envolvía dándole un aspecto ensombrecido… Se recostó en la silla que tenía al lado suyo y le dijo con voz pausada:

Mira tus días se te acaban y es justo que sepas la verdad de todo.

Cuando me llamaste estabas a punto de conseguir de verdad la “Obra” que tanto perseguías pero tu falta de confianza en ti mismo y tu deseo incontrolado de alcanzar a cualquier precio la fama te traicionaron, si hubieras esperado un poco más, si hubieras tenido algo más de constancia lo habrías logrado… pero eso no podía permitírtelo, el hecho que pusieras patas arriba el gallinero, las cosas deben ir paso a paso, tu obra hubiera sido demasiado “llamativa” para aquella época, y para ciertas mentalidades autoritarias… ¡tú ya me entiendes! quizá dentro de doscientos años tal vez… en consecuencia te entregué una vulgar sombra de la que hubieras escrito. El escritor permaneció mudo durante un largo rato… asimilando aquello que acababa de oír de voz del diablo.

Pero no lo comprendo, ¿no querías un trato? ¿no eres tú el que anhela poseer las almas de los mortales? le comentó dolido.

Estáis equivocados, el diablo no existe como tampoco dios… somos uno solo, el bien y el mal son la misma cosa, yo soy el Avatar o todos los Avatares a la vez o ninguno. Este es vuestro error, dejaros llevar por los mitos antiguos. En aquella ocasión me apeteció hacer el bien y salvar al mundo de un pequeño dictador pero peligroso porque no manejabas armas sino ideas que son más dañinas que las balas, más cuando tus postulados eran concomitantes con ideas hitlerianas (¿¿¿dónde estaría yo cuando aquel tipo proclamo los mil años del III Reich??) ¿No lo puedo creer, cómo no me di cuenta? exclamó el escritor.

Pues muy fácil, estabas tan convencido que no lo lograrías que al ver un extracto de la Obra la diste por buena. Ahora adiós, nos veremos pronto.

Y el escritor se quedó postrado en la silla sin poderse creer lo que acababa de oír. La rabia empezó a aflorar a su cara y estuvo a punto de proferir un grito de protesta pero en aquel momento se acercaba la enfermera con el desayuno compuesto por una papilla de frutas (como los niños) pensó entristecido.

Lo que pudo haber sido musitó temblando de rabia.

Por toda respuesta la solícita enfermera le acercó el plato de papilla y le dijo como dirigiéndose a un niño:

Venga a engullir abuelo, ésta para pepito… ésta para lupita… así me gusta, así. No se olvide ésta para jorgito… así.

Qué circo montamos a finales de los 90, dios qué circo. dijo con nostalgia el viejo. Los tenía a todos hipnotizados con mis ideas celestiales, pero ahora que lo pienso, quizá se me vio demasiado el plumero… y siguió “tragando”.

Fin.

Publicación September 29, 2022
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