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El Procesador De Palabras De Los Dioses2


layout: post date: 2021-11-12 20:00:00 tags: relato title: Cont. Procesador de palabras de los dioses —

Continuación del Procesador de Palabras de los Dioses

Media hora más tarde volvía a estar en su despacho, contemplando el procesador de palabras. Tocó la tecla ON/OFF pero sin haberlo enchufado aún. La segunda vez que Nordhoff lo dijo, Richard lo había oído perfectamente. Por el amor de Dios, tenga cuidado. Sí. Debía tener cuidado. Una máquina que podía hacer aquello…

¿Cómo podía una máquina hacer tal cosa?

Ni idea… pero en cierto modo, hacía aceptable toda aquella locura. Ël era profesor de lengua inglesa y escritor a veces, no un técnico, y había un interminable número de cosas cuyo funcionamiento desconocía: fonógrafos, motores de gasolina, teléfonos, televisores, y la cadena del depósito del inodoro. Su vida había sido una historia de comprensión de operaciones más que de principios. Había alguna diferencia, aquí, ¿excepto de grado?

Conectó la máquina, Como la primera vez, le dijo: ¡FELIZ CUMPLEAÑOS, TÍO RICHARD! JON. Apretó el botón EXECUTE y el mensaje de su sobrino desapareció.

Esta máquina no durará mucho, se le ocurrió de pronto. Tenía la seguridad de que Jon debía estar aún trabajando en ella cuando murió, creyendo que todavía le quedaba tiempo. El cumpleaños de tío Richard sería dentro de tres semanas, después de todo…

Pero a Jon se le había terminado el tiempo y este asombroso procesador de palabras, que aparentemente podía insertar cosas nuevas y suprimir cosas viejas del mundo real, olía como un transformador de tren que se estuviera friendo y empezaría a soltar humo dentro de muy pocos minutos. Jon no había tenido oportunidad de perfeccionarlo. ¿Había… Confiado en que todavía le quedaba tiempo?

Estaba en un error. Todo era un error. Richard lo sabía. El rostro tranquilo, atento, los ojos serenos tras los gruesos cristales de sus gafas… No, no estaba confiado, ni creía en lo acomodaticio del tiempo. ¿Cuál era la palabra que se le había ocurrido antes, aquel mismo día? Predestinado. No era precisamente una buena palabra para Jon; era la palabra apropiada. La sensación de predestinación había envuelto al muchacho tan palpablemente que, a veces, Richard había querido abrazarle, decirle que se animara un poco, que a veces las cosas terminaban bien y que los buenos no siempre tenían que morir jóvenes.

Luego pensó en Roger tirando su juego de Ocho Bolas Mágicas a la acera, tirándolo tan fuerte como pudo; oyó partirse el plástico y vió el fluido mágico del juego -agua al fin y al cabo-, deslizándose por la acera. Y esta imagen se mezcló con una imagen del viejo cachorro de Roger con, HAGSTROM REPARTOS AL POR MAYOR escrito en los costados, saltando por encima de un polvoriento acantilado, en pleno campo, golpeando de frente el fondo, con un ruido que, como Roger, no valía nada. Vio, aunque no quería verlo, el rostro de la mujer de su hermano desintegrándose en sangre y huesos. Vio a Jon ardiendo entre los restos, gritando, volviéndose negro.

Ni confianza, ni esperanza. Siempre había reflejado la sensación de que el tiempo se le escapaba. Y al final había resultado que tenía razón.
-¿Qué significa eso?- murmuró Richard mirando la pantalla vacía.
¿Cómo hubiera contestado el juego de las bolas mágicas? ¿VUELVE A PREGUNTAR? ¿DIFÍCIL Y CONFUSO? ¿O quizá CIERTAMENTE ASÍ?

El ruido que escapaba del CPU volvía a ser fuerte, y más rápido que por la tarde. Ya podía oler al transformador de tren que Jon había acoplado a la maquinaria detrás de la pantalla recalentada.
Máquina de sueños mágicos.
Procesador de palabras, de los dioses.

¿Era eso?, lo que era? ¿Era eso lo que Jon había querido regalar a su tío para su cumpleaños? ¿Lo equivalente, en espacio y época, a la lámpara maravillosa o al pozo de los deseos?

Oyó abrirse la puerta trasera de la casa y a continuación las voces de Seth y de los otros miembros de la banda de Seth. Las voces eran demasiado fuertes, ordinarias. Habían estado bebiendo o fumando droga.
-¿Dónde está tu viejo Seth?- oyó que uno de ellos preguntaba.
-Haciendo el vago en su despacho, supongo, como siempre -respondió Seth-. Creo que… -pero entonces volvió a levantarse el viento, borrando el final, pero no sus horrendas risotadas.
Richard les estuvo escuchando, sentado, con la cabeza inclinada a un lado y, se pronto, escribió:
MI HIJO ES SETH ROGER HAGSTROM.

Su dedo se posó sobre el botón DELETE.

¿Qué estás haciendo? -le chilló la mente-. ¿Lo haces en serio? ¿Te propones asesinar a tu propio hijo?
-Algo estará haciendo ahí dentro- dijo otro.
-Es un pobre imbécil -observó Seth-. Pregúntaselo a mi madre algún día.
Te lo contará. Nunca ha…
-No voy a asesinarle. Voy a… borrarle.
Su dedo apretó el botón.
-… hecho nada excepto…

Las palabras MI HIJO ES SETH ROGER HAGSTROM desaparecieron de la pantalla.

Fuera, también desaparecieron las palabras de Seth.

No se oía otra cosa ahora, excepto el frío viento de noviembre, soplando negras advertencias para el invierno.

Richard apagó el procesador de palabras y salió fuera. El camino de entrada estaba vacío. El primer guitarrista de grupo, Norm no-sé-qué, conducía una monstruosa y siniestra furgoneta, una vieja LTD en la que el grupo transportaba su equipo en sus infrecuentes contrataciones. No estaba aparcada en el camino. Quizás estaba en alguna otra parte del mundo, resoplando por alguna carretera, o aparcada en el aparcamiento de algún establecimiento de hamburguesas, y Norm también estaba en alguna parte del mundo, lo mismo que Davey el bajo, cuyos ojos eran impresionantemente vacíos y que llevaba un imperdible colgado del lóbulo de una oreja, lo mismo que el del tambor, que no tenía dientes delanteros. Estarían por alguna parte, pro no aquí, porque Seth no estaba, Seth nunca había estado aquí.

Seth había sido borrado.

-No tengo hijo- masculló Richard. ¿Cuántas veces había leído esa melodramática frase en novelas malas? ¿Cien? ¿Doscientas? Nunca le había sonado a cierta. Pero ahora lo era. Ahora era verdad. Oh, sí.

El viento siguió soplando y Richard sintió de pronto un terrible espasmo, en el estómago, que le hizo doblarse, jadeando. El viento pasó explosivo.

Cuando cedió el espasmo, caminó hacia la casa.

En lo primero que se fijó fue en que las viejas playeras de Seth -tenía cuatro pares de ellas y se negaba a tirar ninguno-, habían desaparecido de la entrada. Se acercó al pasamanos de la escalera y pasó el pulgar por una sección del mismo. A los diez años (bastante mayorcito para darse cuenta, pero Lina se había opuesto a que Richard le pusiera la mano encima a pesar de ello) Seth había grabado sus iniciales, profundamente, en la madera del pasamano, una madera que Richard había pulido laboriosamente durante casi todo un verano. La había lijado y empastado y rebarnizado pero el fantasma de aquellas iniciales persistió.

Ahora habían desaparecido.

Arriba. La habitación de Seth. Estaba limpia y ordenada, no vívida, seca y carente de personalidad. Podía haber habido un letrero en la puerta, colgado del pomo, que dijera HABITACIÓN DE INVITADOS.

Abajo. Y ahí fue donde Richard se entretuvo más. Los rollos de cable habían desaparecido; los amplificadores y micrófonos, habían desaparecido; el desbarajuste de las piezas de la grabadora que Seth iba siempre a “componer” habían desaparecido (carecía de la concentración y de las manitas de Jon). En cambio, la estancia llevaba el profundo sello (no especialmente agradable) de la personalidad de Lina… muebles pesados, recargados, tapices de terciopelo de tema dulzón (uno de ellos representaba la Última cena en la que Cristo se parecía a Wayne Newton, otro mostraba unos ciervos a la puesta del sol en un cielo de Alaska), una alfombra agresiva de un color tan vivo como la sangre arterial. Ya no quedaba la menor huella de que un muchacho llamado Seth Hagstrom hubiera ocupado la habitación; esta habitación, o cualquiera de las otras de la vivienda.

Richard sequía aún al pie de la escalera, mirando a su alrededor cuando oyó llegar un coche.

Lina pensó y sintió una casi trepidante oleada de culpabilidad. Es Lina de regreso del Bingo, y ¿qué va a decir cuándo vea que Seth ha desaparecido? ¿Qué… qué…?

¡Asesino! La oyó gritar ¡Has asesinado a mi niño!

Pero él no había asesinado a Seth.

Le BORRË, murmuró, y subió a la cocina a recibirla.

Lina estaba más gorda.

Había enviado al bingo a una mujer que pesaba unos noventa kilos. La mujer que regresaba pesaba por lo menos ciento cincuenta, o más; había tenido que ladearse un poco para entrar por la puerta trasera. Unas caderas y muslos elefantinos se estremecían dentro de unos pantalones de poliéster del color de aceitunas demasiado maduras. Su tez, cetrina tres horas antes, parecía ahora enfermisa y pálida. Aunque no era médico, Richard creyó descubrir en aquella piel los síntomas de una enfermedad de hígado o una incipiente dolencia de corazón. Sus ojos cubiertos de pesados párpados contemplaron a Richard con una curiosa fijeza despectiva.

Llevaba un pavo congelado, enorme, en una de sus gordas manos. Se movía y se retorcía en su funda de celofán como el cuerpo de un extraño suicida.

-¿Qué estás mirando Richard?- le preguntó.

A ti, Lina, te miro a ti. Porque así es como te has vuelto en un mundo en el que no hemos tenido hijos. Así es como te has vuelto en un mundo en el que no hay objeto para tu amor… por venenoso que pueda ser tu amor. Así es como apareces, Lina, en un mundo, en un mundo en el que todo entra y nada sale. Tú, Lina. Esto es lo que estoy mirando. A ti.

-Eso, Lina -consiguió decir por fin-, es uno de los mayores malditos pavos que he visto en mi vida.
-Bien, pues no te quedes aquí mirándolo, idiota ¡Ayúdame!
Le cogió el pavo y lo depositó sobre el tablero de la cocina notando su desagradable frío. El ruido fue como el de un bloque de madera.
-Allí no -le gritó impaciente y le indicó la despensa-. No va a caber, metelo en el congelador.
-Lo siento- murmuró; nunca habían tenido un congelador Nunca en un mundo en el que había habido un Seth.

Llevó el pavo a la despensa, donde había un enorme congelador “Amana” brillando a la luz de los fluorescentes como un blanco y helado ataúd. Lo metió dentro junto con otros cuerpos, criogénicamente conservados, de aves y demás animales, y volvió a la cocina. Lina había sacado el bote de galletas de crema de cacahuate y se las estaba comiendo metódicamente, una tras otra.

-Era el bingo de Acción de Gracias -explicó-. Lo tuvimos esta semana en lugar de la próxima porque el padre Phillips tiene que ingresar en el hospital para que le extraigan una piedra de la vejiga. Yo gané el gordo… -sonrió. Una mezcla de chocolate y crema de cacahuate le resbalaba por la barbilla.
-Lina -le preguntó- ¿Has lamentado alguna vez que no tuviéramos hijos? Se le quedó mirando como sise hubiera vuelto loco de remate:
-Por el amor de Dios, ¿para qué iba yo a querer una mocosa en casa?- preguntó. Apartó el bote de las galletas, reducido a la mitad, y volvió a guardarlo en el armario. -Me voy a la cama. ¿Vienes o vas a volver allí a suspirar un poco más sobre tu máquina de escribir?
-Iré un rato más, creo -contestó. Su voz era sorprendentemente firme-. No tardaré.
-¿Funciona aquel aparato?
-¿Qué…? -De pronto la entendió y sintió otro remalazo de culpa.

Conocía la existencia del procesador de palabras, claro. La desaparición de Seth no había afectado para nada la existencia de Roger, y el conocimiento de la familia de Roger había persistido-. Oh. Oh, no. No hace nada.

Asintió con la cabeza, satisfecha:
-Ese sobrino tuyo. Siempre con la cabeza en las nubes. Igual que tú, Richard. Si no fueras tan corto, me pregunto si no la metiste donde no tenías que haberla metido, hace quince años. Lanzó una risotada ordinaria, sorprendentemente fuerte… la risotada de una vieja y cínica alcahueta… y por un momento estuvo en un tris de abalanzarse sobre ella. Luego, sintió que una sonrisa asomaba a sus labios, una sonrisa tan delgada y blanca y fría como el congelador que había reemplazado a Seth en esta nueva vida.
-No tardaré -le dijo-. Solo quiero anotar unas cosas.
-¿Por qué no escribes un cuento que gane el premio Nobel, o algo así?
-preguntó indiferente. Las maderas del piso crujieron cuando inició su pesado camino hacia la escalera-. Todavía debemos la factura del óptico por mis gafas de leer y llevamos un pago de retraso del “Betamax”. ¿Por qué no nos ganas más maldito dinero?

Pues, no lo sé, Lina. Pero tengo grandes ideas esta noche. De verdad. Se volvió a mirarle, pareció como si fuera a decirle algo sarcástico… algo sobre que ninguna de sus grandes ideas les había sacado de apuros pero que, en todo caso, se había quedado con él… luego desistió. Quizás algo en su sonrisa la había frenado. Marchó hacia arriba. Él permaneció abajo, escuchando su paso atronador. Tenía la frente mojada de sudor. Se sentía a la vez mareado y excitado.

Dio media vuelta y se fue hacia su despacho.

Esta ves cuando conectó el aparato, el CPU ni zumbó, ni rugió; empezó a hacer un ruido desigual, un especie de quejido. El olor caliente del transformador del tren salió casi al momento desde detrás de la pantalla y tan pronto como pulsó el botón EXECUTE para borrar el ¡FELIZ CUMPLAÑOS TÍO RICHARD!, empezó a salir humo.

Queda poco tiempo, pensó. No… no es así. NO queda nada de tiempo. Jon lo sabía, y ahora yo también lo sé.

Tenía dos alternativas: traer a Seth de vuelta con el botón INSERT (sabía que podía hacerlo; sería tan fácil como lo fue crear los doblones españoles) o terminar el trabajo.

El olor se hacía más potente, más urgente. Dentro de un instante, lo mínimo, la pantalla empezaría a mandar su mensaje de SOBRECARGA. Escribió:
MI MUJER ES ADELINA MABEL WARREN HAGSTROM.
Apretó el botón DELETE.
Escribió:
SOY UN HOMBRE QUE VIVE SOLO.

Ahora la palabra empezó a aparecer en la esquina superior, a la derecha de la pantalla: SOBRECARGA, SOBRECARGA, SOBRECARGA.

Por favor. Por favor déjame terminar. Por favor, por favor, por favor…

El humo que salía ahora de las rendijas y ranuras del vídeo era más denso y más gris. Miró al ruidoso CPU y vio que también salía humo de su rejilla… y al fondo de aquel humo pudo ver una opaca chispita roja, de fuego.

Ocho Bolas Mágicas ¿tendré salud, seré rico o sabio? ¿O viviré solo y quizá me matará la soledad y la pena? ¿Queda tiempo aún?

NO LO SÉ AHORA PRUEBA MÁS TARDE.
Excepto que no quedaba más tarde.

Pulsó el botón INSERT y la pantalla oscureció, excepto por el insistente mensaje de SOBRECARGA, que parpadeaba ahora a toda velocidad aunque irregular.
Escribió:
EXCEPTO POR MI ESPOSA BELINDA Y MI HIJO JONATHAN.
Por favor. Por favor.
Pulsó el botón EXECUTE.

La pantalla se vació. Durante lo que parecieron siglos permaneció vacía, excepto por la SOBRECARGA, que ahora aparecía con tal rapidez que a excepción de una ligera sombra, parecía mantenerse constantemente allí, como una computadora ejecutando una cerrada orden de mando. Algo dentro del CPU saltó y chisporroteó, y Richard exhaló un gemido.

Las letras verdes reaparecieron en la pantalla, flotando místicamente sobre el negro:
SOY UN HOMBRE QUE VIVE SOLO, EXCEPTO POR MI MUJER BELIND Y MI HIJO JONATHAN.

Pulsó por dos veces el botón EXECUTE.

Ahora, se dijo, ahora escribiré: TODAS LAS PIEZAS DE ESTE PROCESADOR DE PALABRAS ESTABAN PERFECTAMENTE ENSAMBLADAS ANTES DE QUE MR. NORDHOFF ME LO TRAJERA. O escribiré: TENGO IDEAS PARA POR LO MENOS VEINTE NOVELAS SENSACIONALES. O escribiré: MI FAMILIA Y YO VIVIREMOS FELICES PARA SIEMPRE JAMÁS. O escribiré…

Pero no escribió nada. Sus dedos revolotearon estúpidamente por encima del teclado mientras sentía… literalmente sentía… que todos los circuitos de su cerebro se quedaban bloqueados como los coches en el peor bloqueo de tráfico de Manhattan en la historia de la combustión interna.

La pantalla se llenó de pronto con la palabra: ACABADO, ACABADO ACABADO ACABADO ACABADO ACABADO ACABADO ACABADO ACABADO.

Hubo otro chasquido y luego una explosión en el CPU. Salieron unas llamaradas del aparato, y después se apagaron. Richard se echó atrás en su sillón, cubriéndose la cara por si acaso explotaba la pantalla. No explotó. Solamente se apagó.

Permaneció sentado, contemplando la oscuridad de la pantalla.
NO PUEDO DECIRLO. VUELVE A PREGUNTAR DESPUÉS.
-¿Papá?

Se volvió rápidamente, con el corazón latiéndole con tal fuerza que temió que se le saltara del pecho.

Jon estaba allí, Jon Hagstrom, y su rostro era el mismo pero algo distinto… la diferencia de paternidad entre los dos hermanos. O quizás era simplemente que aquella expresión inquieta, vigilante, había desaparecido de sus ojos ligeramente aumentados por las gafas (de montura metálica, ahora, observó, y no la fea montura de concha industrial que Roger había comprado siempre al muchacho porque costaba quince dólares menos).

Quizás era algo todavía más sencillo: el aspecto de predestinación había desaparecido de los ojos del muchacho.

-¿Jon? -preguntó con voz ronca, preguntándose si en realidad había querido algo más que esto. ¿Era así? Parecía ridículo, pero se figuraba que sí. Suponía que la gente siempre quería más-. Jon, ¿eres tú, verdad?
-¿Quién iba a ser sino? -indicó con la cabeza el procesador de palabras-. ¿No te lastimaste cuando este bebé se fue al cielo de los datos, verdad?
Richard sonrío:
-No, estoy perfectamente.
-Lamento que no funcionara. No sé qué me hizo montarlo con todas esas piezas inútiles. -Movió la cabeza-. Por Dios que no lo sé. Es como si hubiera tenido que hacerlo. Cosas de niño.
-Bueno -dijo Richard, acercándose a su hijo y pasándole un brazo por los hombros-, quizá te saldrá mejor la próxima vez.
-Quizás. O a lo mejor pruebo otra cosa.
-Puede que sea mejor.
-Mamá dice que tiene cacao para ti, si te apetece.
-Ya lo creo -y ambos salieron juntos del despacho a una casa donde no había ningún pavo congelado procedente de un premio ganado en el bingo-. Una taza de cacao me vendrá más que bien ahora.
-Recuperaré cualquier cosa recuperable que haya en aquel trasto, mañana, y lo demás lo iré a echar al vertedero- anunció Jon.
Richard asintió, diciendo:
-Bórralo de nuestras vidas… -y entraron en la casa y al aroma de cacao caliente, riendo juntos.

FIN.

Publicación November 12, 2021
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