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    Cestoda

    CESTODA

    por Nikolai Kingsley

    La alarma de su despertador sonó a las 7:00 pero, como de costumbre, él la ignoró. Se quedó dormido hasta las dos de la tarde, cuando ya no pudo dormir más porque la brillante luz anaranjada del sol caía sobre su almohada a través de la ventana en el techo. Tan pronto como se desperezó y estuvo lo suficientemente despierto como para que resultase inútil el intentar cerrar la ventana y volver a la cama, unas espesas nubes gris-verdosas ocultaron el sol y empezó la tormenta de media tarde.

    Justo igual que cualquier otro día. El tiempo en ese planeta era tan regular como su despertador. Las mañanas eran insoportablemente calientes, y la jungla alrededor de la base transpiraba como una sauna.

    El vapor evaporado durante el día volvía al suelo en forma de lluvias torrenciales durante las tardes y parte de las noches. Las tormentas se acababan de repente a eso de las cuatro de la mañana, tan repentinamente como empezaban.

    Era un sitio horrible; Jeff Chuan, el técnico de mantenimiento del faro, estaba haciendo una lista de preguntas para hacerle al jactancioso inspector del gobierno la próxima vez que pasase por allí.

    Cosas como “¿por qué tiene que estar el faro en el ecuador del planeta?” La pregunta “¿por qué necesita el faro un equipo de cinco personas para controlarlo?” era particularmente dolorosa para Chuan, y tenía varias sub-preguntas como “¿por qué las dos mujeres asignadas a la base tenían que ser lesbianas?”, y “¿por qué los otros dos hombres tenían que ser unos desviados sexuales tan degenerados y estúpidos?”.

    La primera pregunta de la lista, subrayada varias veces en rojo, era “¿cuándo cojones puedo volver a casa?” Chuan se examinó las piernas buscando parásitos y se arrancó cuatro de esas pequeñas garrapatas translúcidas de tres patas, que tiró dentro del retrete. Se puso su mono de trabajo y empezó a buscar algún par de calcetines relativamente limpios. Todos ellos tenían una especie de hongo creciendo sobre los dedos; la humedad desmedida del planeta favorecía este tipo de cosas. Pensó por un momento en meter todos los calcetines dentro del microondas para desinfectarlos con la radiación, pero farfulló un “¡a la mierda!” y se puso los calcetines que parecían más limpios. Las puntas de los pies le picaron cuando los hongos volvieron a extender sus raíces a través de sus dedos.

    En el pasillo que llevaba a la cocina vio a la comandante Marina Tetzas, pero ella se dio la vuelta y se fue por otro camino apenas le vio a él. Pensó en gritarle su saludo habitual, “¡Hola Tetas!”, pero decidió callarse. En vez de eso se preguntó por qué el gobierno, exhibiendo una completa incompetencia en psicología, les había puesto a todos ellos juntos en la misma base; era obvio que los cinco se iban a odiar entre sí. Desafortunadamente, los otros cuatro se habían apareado y habían formado un equipo en contra de Chuan. La comandante Tetzas y su amante, la enfermera Beth Sachs, disfrutaban provocándole, sabiendo lo caliente que estaba después de once meses sólo en la base. El doctor Giro Frascastoro y su esclavo sexual, el técnico segundo Manny Diaz, se entretenían asqueándole. Frascastoro era el peor. Chuan no tenía ni idea de dónde habría conseguido ese sapo sudoroso y barrigudo su titulación médica; hacía mucho tiempo que había llegado a la conclusión de que le echaron de alguna facultad de veterinaria por haber follado animales muertos. Pero el nauseabundo doctor estaba en su elemento en este planeta insoportable, cuya flora abigarrada le proporcionaba numerosas plantas “medicinales”. Aunque él decía que las estaba catalogando, Chuan había notado muchas veces los repulsivos olores a plantas quemadas.

    Poco antes de llegar a la cocina, Chuan olió una de las plantas-mofeta que fumaba Frascastoro, y tuvo una arcada; al llegar a la puerta le vio reclinado sobre algún objeto en el suelo, que posiblemente era Diaz disfrazado de algo, y se preguntó si tenía tanta hambre como para comer con la parejita. La respuesta era que no, así que se alejó de la cocina sin haber desayunado.

    Se fue a la sala de control de mal humor y con las tripas rugiendo. Le echó un ojo rutinario a la consola de estatus, y encontró su taza de café. En el fondo tenía un poso de un medio centímetro de algo marrón que durante la noche se había convertido en el hogar de un sinnúmero de cosas pequeñas; insectos, gusanos, y una especie de planta-semilla que nadie había podido decidir hasta el momento si era vegetal o animal, pero que parecía ser más inteligente que la mayor parte de la vida del planeta, incluyendo a los humanos.

    Después de tirar al suelo a los habitantes, Chuan puso un poco de cristales de café instantáneo en la copa. Fue entonces cuando vio que había un pelo pegado al fondo de su taza. Lo recogió y lo examinó; rizado, duro, rubio, y con un poquito de piel en uno de los extremos.

    Era un pelo púbico, y sólo había una persona con ese color de pelo en la base: Sachs. La muy zorra. Chuan sospechaba que ella lo hacía deliberadamente, ya que no sólo los ponía dentro de su taza de café, sino también en su cepillo de dientes, que finalmente había dejado de usar hacía dos meses porque había oido que Frascastoro lo había usado para hacerle algo asqueroso a Diaz. Chuan incluso llegó a despertarse un día con dos pelos de Sachs en la boca; él sabía que era porque ella los habría puesto en su cena, pero prefirió atribuirlos a la fantasía con la que se había masturbado esa noche, comerle el chocho directamente a la enfermera. Pero no había esperanza; la única posibilidad que tenía de comérsela era que se estropeasen los sintetizadores de comida y se tuviese que convertir en un caníbal. Ya había fantaseado antes con esta posibilidad, pero esta vez se le pasó por la cabeza la idea de descuartizar a Frascastoro y meter los trozos del bastardo engordado en el microondas, y se puso malo.

    Examinó la copa bajo la mira del microscopio; no encontró más indicios de sabotaje lésbico, pero de todas formas puso la copa bajo la lámpara de radiación y la dejó ahí durante media hora a máxima potencia para descontaminarla. Mientras esperaba, empezó a inspeccionar todos los sistemas de la base. Aparte de unas cuantas tomas de electricidad que funcionaban intermitentemente en la lavandería, todo estaba funcionando. Afortunadamente; no tenía ganas de tener que pasarse cerca de Diaz si podía evitarlo. El sujeto tenía un algo indeseable que repelía a Chuan. Posiblemente las manchas de semen en las braguetas de sus pantalones, o las legañas que se le formaban en las comisuras de la boca cuando se le secaba la saliva abandonada.

    Estaba a punto de reestablecer el contacto con la red, con la vana esperanza de volver a hablar con una persona relativamente normal, cuando escuchó un educado carraspeo a su espalda. Conocía ese sonido; era Sachs. Se preparó para tener con ella la habitual discusión sobre su alopecia púbica y su taza de café, pero una vez más se quedó sin energías al encarar a la mujer más bella del planeta (que no era decir gran cosa, considerando que sólo había dos). Ella le tenía bien agarrado, y los dos lo sabían. Además, estaba llevando tan sólo unas braguitas negras de encaje y una camiseta. Ella le apuntó con los pezones y le dijo “Jeff, el secador de la lavandería ha dejado de funcionar. Podrías mirarlo…” Ella le mostró su infame medio-sonrisa mientras se pasaba la lengua sobre los labios. “¿Por favor?” A Chuan le hubiera gustado que ella tuviese un mínimo de delicadeza, por lo menos. Hizo una mueca y murmuró un “sí”. Salió brúscamente de la habitación. Por el camino pasó al lado de Marina Tetzas. Esta vez no se reprimió. “Buenos días, Tetas”. Ella le rugió un “¿cuándo cojones vas a arreglar el puto secador, Chuan?” “Ahora mismo, ¿vale? Déjame en paz.” Jesús, qué tendría esa tortillera en el culo para estar siempre así.

    Oh, estamos flotando cerca de la costa
    tú y yo, y las hijas de la portera
    oh, qué podemos hacer, sin una salchicha para comer
    y la más pequeña de las hijas de la portera
    mete sus manos en las aguas peligrosas
    oh, qué podemos hacer, en nuestra pequeña canoa…

    Chuan estaba canturreando solo mientras recorría los cables de detrás del secador en la lavandería. Estaba soñando despierto con que Sachs quisiese dejar a la comandante por él, y que ésa fuese la razón por la que la comandante estaba siempre tan cabreada con él.

    Encontró un lugar donde el cable, que yacía sobre el suelo, se metía en un charquito de agua. Diaz había adquirido la costumbre de guardar sus condones usados en la toma de aire que había sobre el charco; la comida dentro de los condones (fuese lo que fuese) había atraido algo hasta la base, y ése algo había decidido quedarse y comerse también el aislamiento de plástico de los cables de alrededor. Dado que los cables se habían quedado desnudos, el secador se quedaba sin corriente cada vez que el cable tocaba el agua y se producía un cortocircuito. Chuan enrolló un metro de cinta aislante naranja alrededor del cable; había descubierto tras unos cuantos experimentos que el aislante naranja era el que menos le gustaba a la cosa que se comía el plástico.

    Una vez arreglado el desperfecto, Chuan se puso unos gruesos guantes y sacó de la toma de aire unos diez de los condones de Diaz, con los que hizo una pelota que iba a meter en su comida esa misma noche. Uno de los condones crujió al doblarlo, debía estar todavía habitado por algún artrópodo devorador de semen. Mejor. Chuan puso en marcha el secador, y parecía funcionar sin problemas.

    Sachs, que había estado esperando apoyada en la puerta, sonrió alegremente al ver el secador en marcha. Chuan notó cómo la sangre le circulaba más rápido, y ya iba a contestarle sonriendo amigablemente él también, cuando apareció la comandante Tetzas. Decidió que sería mejor no simpatizar con su novia enfrente de ella. “El secador ya está funcionando, Tetas”, dijo Chuan mientras pasaba apresuradamente a su lado por la puerta. No podía quitarse de la mente la imagen de la comandante sujetando entre sus tetas la cabeza de Sachs. Chuan se dirigió a la enfermería, con un poco de suerte podría robar más anfetaminas.

    Se asomó por la puerta de la enfermería y miró dentro. El doctor había vendado a Diaz como si fuese un carrete de hilo y lo había atado a una de las camas. Ahora estaba metiendo dentro del culo del técnico segundo una pequeña tubería que estaba conectada con una manguera a un cilindro que debía contener algún gas o líquido. “No quiero saber qué es lo que están haciendo”, pensó Chuan, y silenciosamente puenteó el control electromagnético que protegía el armario con las medicinas. Una vez desconectada la alarma, robó un poco de speed y una jeringuilla.

    De vuelta en sus habitaciones, la lluvia estaba cayendo sobre su ventana como si ahí fuera hubiese una manada de elefantes meando directamente encima de su cuarto. Abrió el grifo del agua caliente y esperó a que el chorrito se calentase. Al sentarse en su cama notó cómo miles de pequeñas cosas vivas se movían a su alrededor; insectos de tres, cuatro o cinco patas, que vivían de comerse pequeños trozos de él durante la noche; y unas cosas que parecían ratas, solo que al diseccionarlas resultaban estar formadas enteramente por material vegetal. Abrió la botellita de droga y mezcló un poco del polvo grisáceo con el agua caliente, agitando la mezcla con la aguja de la jeringuilla hasta que todos los grumos se disolvieron.

    Chupó tres mililitros del fluido gris de aspecto nuboso dentro de la jeringuilla y empleó los próximos dos minutos en darle golpecitos hasta que todas las burbujas de aire se unieron, formando una única burbuja más grande que expulsó a la atmósfera. Luego empezó a buscarse una vena para inyectarse, pero no pudo encontrar ninguna en sus brazos; parecía como si la lluvia de media tarde obligase a sus venas a buscar refugio dentro de los músculos.

    “Asomad, venitas jodidas, tengo algo bueno que os va a gustar”, musitaba mientras se azotaba detrás de los codos para ver si alguna vena se le marcaba un poco. Sin éxito. “Mierda”. Se tumbó en su catre y se quedó mirando frustrado al techo, pensando qué hacer. Entonces oyó un ruido familiar en el cuarto a su lado, el de Tetzas. Bien. Giró su terminal hacia él y empezó a teclear órdenes para que el banco de sensores infrarojos que había escondido en el techo del cuarto de la comandante empezase a transmitir. La imagen era borrosa, pero él sabía como conseguir algo decente después de un complicado procesamiento informático que ocupaba la mayor parte de los ordenadores de la base (a la mierda con el alineamiento del faro, pensó). Empezó a ver una imagen granulada en blanco y negro de Tetzas y Sachs agarrándose sobre la cama de la comandante.

    Había visto lo suficiente de esta rutina como para darse cuenta que mirar a dos lesbianas follando no era tan interesante como podría parecer a primera vista. A pesar de todo, el estímulo le sirvió de ayuda para que las venas de la polla se le marcasen un poco. Nunca había aprendido qué venas iban al pene y cuáles volvían al corazón, y nunca tuvo la paciencia necesaria para experimentar sistemáticamente, así que se clavó la aguja de la jeringuilla en la primera vena que vio. No podía ver bien si el fluido estaba entrando correctamente; de hecho, al meterse los últimos milímetros demasiado rápidamente se reventó la vena a causa de la presión, y el fluido se le amontonó debajo de la piel, mezclándose con la sangre de la pequeña hemorragia interna y formando un feo bulto a un lado de su polla. “Y qué más da”, pensó, “no es como si hubiese una oportunidad de que alguien me fuese a mirar pronto la polla”.

    Como de costumbre, después empezó a preguntarse por qué de todas las drogas en la base tenía que usar speed. No le ayudaba a superar el aburrimiento o la frustración sexual. Se preguntó por qué estaba ahí, y qué pasó con las cosas buenas de la vida, y si la vida tendría algún sentido más allá de la multiplicación sin propósito de la humanidad por el espacio, y por qué a nadie le interesaba ya la religión, y qué es lo que le pasó a los discordianos. Solían ser gente divertida, o por lo menos eran los menos aburridos de un mogollón muy aburrido, y… LLegado a este punto, Chuan ya no estaba paseando por la habitación, sino que estaba prácticamente saltando de una pared a la otra, con su pene todavía erecto y descolorado apuntando hacia el techo. El bulto a su lado todavía no había desaparecido, pero Chuan no iba a dejar ni loco que Frascastoro se lo tocase. A lo mejor Sachs podía ayudar. Cuando pensó en esta posibilidad empezó a imaginarse sus dedos delgados y fríos tocando su erección, acariciándole suavemente, y fue sólo entonces cuando se dio cuenta de que estaba golpeando su cabeza contra la pared de plástico poroso. Pensó que a lo mejor sería una buena idea salir un rato, así que se vistió.

    Seguía lloviendo fuera. Recogió un emisor de microondas que había convertido en una especie de arma y se encaminó hacia la compuerta principal. No se había usado durante una temporada; tuvo que golpear la pesada puerta de acero con sus puños unas cuantas veces hasta que empezó a deslizarse, dejando caer insectos muertos y plantitas que habían empezado a crecer en las junturas.

    El olor del exterior siempre conseguía producirle una arcada; era un repugnante hedor a jungla pudriéndose en un pantano. No se molestó en comprobar si había formas de vida peligrosas alrededor; no existían en ese planeta. Descendió por la rampa. Sus pies desnudos se hundían hasta el tobillo en el barro viscoso, formado por cadáveres en descomposición de plantas y animales procedentes de todos los niveles de la cadena alimentaria. También habían cosas vivas en mitad de esta mierda pútrida, y Chuan podía notarlas cuando se movían. Tocaban sus pies brevemente, tan sólo el tiempo necesario para descubrir que eso era un ente alienígena, no comestible, y por tanto falto de interés. Entonces se alejaban de él, buscando alguna otra cosa que comer. Chuan arrastraba los pies bajo la lluvia, alejándose con determinación de la base. Pasó por entre unos arbustos grises achaparrados hacia lo que pasaba por una selva en este planeta dejado de la mano de Dios.

    Encontró uno de esos montones de tierra que indicaban la posición de las madrigueras de una especie de topos gordos con seis patas. Como el resto de la vida del planeta, estas cosas eran una mezcla entre animal y vegetal, lentas, estúpidas, y constituían unos objetivos excelentes. Chuan se detuvo a unos metros del montículo, enfocó el emisor de microondas en la entrada a la madriguera, y lo encendió. El aparato zumbó y chisporroteó bajo la lluvia, y Chuan notó cómo se calentaba. En unos escasos segundos empezó a brotar vapor del agujero, y podía oir grititos y quejidos dentro. Una naricita de color marrón pálido apareció. Giraba en una dirección y luego en otra, buscando a su atacante. Chuan se rió por un momento como un poseso y bajó el foco de su emisor. El topo se retorció mientras hacía unos patéticos ruidos que parecían maullidos. El calor le hinchó rápidamente, hasta el punto de quedarse atascado en la entrada a su madriguera. Chuan tuvo que controlar su impulso de acercarse a la cosa inmovilizada y retorcerle el cuello con sus propias manos. En vez de eso, elevó el nivel de radiación de su emisor, mientras gruñía “¿eh? ¿eh?” a través de sus dientes apretados por la excitación de la caza. El topo se hinchó todavía más y sus gritos se redoblaron en volumen y angustia. Por un momento se pareció a un guante de goma que se deja encajado en un grifo de agua y se infla hasta alcanzar proporciones grotescas, y entonces explotó. El pingajo de carne marronosa que había sido su cabeza salió volando, todavía unido a dos de sus seis miembros, y aterrizó a un metro de la entrada a la madriguera.

    Chuan se reía histéricamente; cayó de rodillas sobre el barro y empezó a golpearlo rabiosamente con sus puños. Paró en cuanto vio que la parte trasera del topo salía de la madriguera, moviéndose torpemente bajo la lluvia, pero sin que pareciese que necesitaba demasiado su cabeza o sus patas delanteras. Malditos bichos. Chuan les iba a dar su merecido. Al cabo de media hora, la luminosidad había descendido hasta el punto en que Chuan no podía ver los seres que incineraba. A su última víctima le tiró el emisor, que explotó al cortocircuitarse.

    Para cuando volvió a la base se encontraba muy cansado y adormilado. Se había caido varias veces de bruces sobre el barro. Al ver la base se abalanzó torpemente sobre su pared, concienzudamente empapado tras tanto tiempo bajo la lluvia. No sabía dónde se encontraba exactamente. Caminó vacilantemente alrededor de la base, buscando la compuerta mientras se volvía a caer de nuevo y enterraba su cara en el pútrido cieno del suelo.

    De repente se encontró enfrente de una ventana. A causa del estupor en el que se encontraba, Chuan no sintió la revulsión habitual cuando miró dentro, y contempló fascinado a Diaz con su brazo metido hasta el codo dentro del culo de Frascastoro. Chuan meneó lentamente su cabeza de lado a lado, sin entender por qué la gente hacía ese tipo de cosas. Siguió andando torpemente alrededor de la pared de la base, buscando ahora la ventana de la comandante Tetzas, pero tenía las cortinas echadas. Maldiciendo, Chuan volvió a buscar el camino hacia la compuerta de entrada. Finalmente la encontró, entró en la base con un último tropezón, y consiguió arrastrarse por los pasillos hasta llegar instintivamente a su cama, donde se quedó dormido inmediatamente, con las ropas puestas.

    No durmió bien esa noche; soñó que miles de ganchos pequeños se le clavaban en la piel y luego tiraban de él, izándole hasta estar levitando en mitad del aire. Se despertó un par de veces en la oscuridad, pero volvió a dormirse rápidamente.

    Al día siguiente se despertó con una extraña sensación de torpeza e insensibilidad por todo el cuerpo, como si estuviese anestesiado. Tenía los músculos doloridos, posiblemente a causa de la cantidad inusual de ejercicio que había hecho la noche anterior. Hizo el gesto de levantarse de la cama, pero fue incapaz de mover los brazos con la velocidad necesaria, y poco después de ponerse de pie empezó a caerse a un lado, sin que pudiese hacer nada para recobrar el equilibrio. Sus brazos simplemente no reaccionaron, y se cayó dolorosamente al suelo.

    Preguntándose qué es lo que estaría pasando, Chuan consiguió sentarse al lado de su cama, y contempló con horror cómo había miles de filamentos vegetales atravesando sus ropas. Eran tan delgados como un pelo, y de un color gris verdoso. Se quitó su camiseta y empezó a arrancarse a pellizcos de su torso las plantas que habían crecido por la noche sobre su piel, alimentándose de él. Cada plantita salía haciendo un viscoso ruido de succión y dejaba una pequeña herida en su piel. Chuan estuvo pronto cubierto de agujeritos, de los que supuraba lentamente un asqueroso fluido amarillento. Su piel estaba endurecida y acartonada, como la portada de una revista que se queda en la lluvia. Poco a poco empezó a preocuparse. Se desabrochó los pantalones y luego se los quitó tirando fuertemente de ellos. La mancha roja brillante y húmeda en sus calzoncillos no le calmó nada.

    Con un gemido lastimero, se envolvió una toalla alrededor de la cintura y salió corriendo hacia la enfermería. Afortunadamente, Frascastoro no estaba allí; solo estaba Sachs, ocupada en revisar el armario de las medicinas. Posiblemente estaba buscando la botella de speed que Chuan había robado la noche anterior. Se le cayó su libreta de notas al suelo cuando vio a Chuan. Intentó empezar tres o cuatro frases, pero no lo consiguió. Al final fue él quien empezó a hablar: “me quedé fuera ayer, durante la lluvia.” Hizo un gesto mudo con la mirada hacia su hombro, en el que se veían moviéndose bajo la piel unas cosas del tamaño de su dedo meñique. Ella dudó antes de tocarle, y al final se limitó a agarrarle de una punta de la toalla y conducirle a una mesilla de examinación. Chuan se sentó. Parecía estar en shock mientras ella le quitaba varias docenas de filamentos con unas pinzas. Cada uno de los filamentos hacía un ruido húmedo y viscoso al ser arrancado, y dejaba un nuevo agujero del que luego supuraba más de ese fluido purulento. Caundo Sachs se recobró de su sorpresa inicial, intentó relajar a su paciente con un poco de charla. “Sí… te oí cuando volvías anoche. Estabas gritando algo acerca de follarte a un topo muerto.” Entonces le quitó una tira de piel en la que se había incrustado algo parecido al capullo de un insecto que estaba creciendo en su antebrazo, mientras él tenía escalofríos.

    “Sí, bueno, creo que perdí el control… ¡AHHH!” gritó cuando ella le abrió el hombro con un bisturí por encima de uno de los grumos que se movían. La piel se apartó rápidamente a los lados del corte, dejando ver dentro algo que tenía la consistencia de un espermatozoide moviéndose lentamente delante y detrás, buscando alguna forma de volver a enterrarse debajo del músculo. Con una cara del color de la ceniza, ella intentó tirar del parásito con unas tenazas, pero no pudo, así que al final tuvo que matarlo cortándolo con un bisturí y después usó unas pinzas para sacar todos los trozos de dentro de la herida. Después repitió el proceso con varios de los grumos más grandes que él tenía moviéndose por su torso y después, con ciertas reservas, desató la toalla de su cintura y le cortó los calzoncillos.

    Todo su vello púbico había desaparecido, comido por algo. Tenía unas ampollas alargadas de color pálido, de medio centímetro de anchura, que se retorcían sinuosamente por la superficie de su barriga. Iban desde su ombligo hasta sus muslos, y se hinchaban rítmicamente. Parecían estar llenas de algún fluido a presión. El bulto que se hizo al lado de su pene al drogarse no había decrecido en absoluto desde la noche anterior; se había vuelto negro y ahora era el hogar de algo que se parecía a un trozo de cuerda con nudos. Chuan podía sentirlo. Era extraño, pero el ver algo vivo dentro de su pene empezó a ponerle cachondo. Sachs estaba pinchando a los lados del bulto con la punta del bisturí, buscando algún sitio por donde poder cortar sin pillar ninguna vena. Se detuvo al ver su erección.

    “¿Te pasa algo?”, preguntó con un tono de decirle “no me jodas o me voy de aquí ahora mismo”. Chuan meneó la cabeza para decirle que siguiera. “Ya, simplemente quítamelo, ¿no?”, protestó ella con resignación. Apuñaló con el bisturí el bulto cerca del final de su prepucio y la piel se retrajo hacia los lados, dejando ver que la cosa dentro era tres o cuatro gusanos grisáceos que parecían intestinos encogiéndose y expandiéndose al ritmo de su peristalsis. Los gusanos no se quedaron quietos esperando a ser arrancados, sino que empezaron inmediatamente a moverse como caracoles hacia abajo por el pene erecto. La sensación era increiblemente erótica, y Chuan se sintió más y más excitado. Ella puso un remedio sobre el corte, que se cerró en cuestión de minutos, y le enrolló un poco de esparadrapo en la base del pene. Por un momento los dos compartieron el mismo pensamiento de que esa cura podría convertirse en algo más personal. Chuan estaba fantaseando con que ella estaba a punto de inclinarse sobre él para besarle, pero entonces apareció Frascastoro en la enfermería y destruyó la oportunidad. Los ojos del doctor se encendieron glotonamente por un momento al ver la erección de Chuan. Sachs se apresuró a acabar de vendarle la polla y después le volvió a poner su toalla encima del regazo.

    Unas horas después, cuando la mayoría de las cosas que habían estado creciendo a costa de Chuan habían sido arrancadas, él volvió a su cuarto y se tiró cansado sobre su camastro. Le habían raspado cada centímetro de su piel, le habían bombeado medicinas horribles a través de la garganta, y le habían dejado casi sin pelo. Se sentía como un trapo viejo que alguien hubiese usado para limpiar una flota entera de naves estelares. Y sin embargo no se sentía más limpio que antes de que Frascastoro empezase a trabajar en él. No podía comprobarlo, pero sentía como si por encima de todo su cuerpo tuviese extendida una capa de porquería. Necesitaba ducharse.

    Se quitó su bata de la enfermería y examinó el esparadrapo que le cubría la picha. Estaba manchado de amarillo en el sitio donde había estado el bulto, pero se notaba el capullo completamente curado. Se quitó el vendaje hasta alcanzar una sección donde el pus se había secado, dejando pegadas varias capas de esparadrapo en una masa sólida. No intentó tirar del pegote, porque parecía que podría ser doloroso. Se metió en el cubículo de su ducha y, después de usar el agua para arrastrar varios insectos por el desagüe, se dirigió el chorro hacia la picha, remojando el pegote de vendas apelmazadas. Después de reblandecerlo se quitó todo el esparadrapo que quedaba. Su polla tenía mejor aspecto, pero había salido del suplicio con una clara torcedura hacia la izquierda. Chuan se enjabonó vigorosamente para quitarse todos los pringues de encima. El jabón le escocía en los miles de agujeros que habían dejado las plantas en su piel al ser arrancadas. Y entonces, de repente, vio que Sachs estaba en la puerta, mirándole.

    Chuan le devolvió la mirada, con una cara de sorpresa. El chorro de agua le caía en un lado de la cara, y le arrastraba sobre un ojo un mechón de su pelo cortado desigualmente en la enfermería. Finalmente ella dijo “Yo… yo venía a ver si estás bien…” Hubo una pausa incómoda y él contestó “Estoy bien, de verdad.” Ella no dijo nada más, sino que entró en el pequeño cuarto de baño y se arrodilló en el suelo de la ducha, dejando que el agua la empapase.

    Chuan estuvo observando con una sensación creciente de irrealidad cómo ella le acariciaba sus muslos depilados y le enjabonaba las caderas. Luego sacó su lengua y le tocó el prepucio. A pesar de todo lo que le había pasado durante las últimas doce horas, Chuan respondió rápidamente, aunque su polla se llenó de sangre de forma desigual y se movió de un lado a otro, como serpenteando, mientras se inflaba. Ella le agarró la polla ansiosamente y empezó a hacerle sin prisas una paja. De repente, Chuan notó algo dentro de él. No era el habitual estremecimiento pre-orgásmico, sino algo más bien parecido a la sensación que se tiene inmediatamente antes de aflojar la vejiga para mear. Notando algo raro, ella le agarró por el escroto y tiró hacia abajo rítmicamente, mandando pequeñas ondas de choque a través de su pelvis. Ella empezó a tirar con más rapidez, mientras él apoyaba su espalda contra la pared de la ducha, a causa de la debilidad en su rodillas.

    A continuación ella tiró de su prepucio, descubriendo el glande de Chuan, que esta vez notó claramente que algo estaba moviéndose dentro de él, uretra abajo. Tenía una sensación como si estuviese meando un rosario y notase cómo todas las cuentas se movían, una detrás de otra, a lo largo de su uretra, arañándole el interior. Entonces los dos vieron los tres primeros segmentos de una oruga saliendo por la punta de su polla.

    Se quedaron paralizados mientras el insecto se retorcía a los lados para mirar alrededor. Entonces ella se inclinó sobre la polla de Chuan y atrapó el primer segmento de la oruga entre sus dientes. Empezó a tirar de él con cuidado, para no romperlo, y sacó al insecto poco a poco, segmento por segmento. Chuan notaba cómo la oruga agitaba sus patas, intentando agarrarse a algo por dentro de su uretra. Ahora era como si en vez de un rosario estuviese meando un alambre de espino.

    Ella consiguió arrastrar la mayor parte de la oruga fuera de él, entonces hechó de golpe su cabeza hacia atrás y después escupió la oruga fuera de la ducha. Chuan miró hacia abajo, fijándose en la camiseta empapada que intentaba cubrir los pechos de Sachs. Su mirada se encontró con una mueca de desafío en la cara de ella, que empezó a mover su lengua alrededor de su glande recogiendo todo el moco fibroso que la oruga había dejado tras de sí. Chuan sonrió.

    Los dos iban a llevarse muy bien.

    FIN.

    Publicación November 30, 2020
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